domingo, 12 de abril de 2009

No sé qué coño me pasa...

La energía de lo maldito, su violencia, es la del principio del mal, bajo la transparencia del consenso, la opacidad del mal, su tenacidad, su obsesión, su irreductibilidad, su energía, anegan por completo la obra en el desarreglo de las cosas, en la virosidad, en la aceleración, en el desbocamiento de los efectos, en el
desbordamiento de las causas, en el exceso y la paradoja, en la extrañeza radical, en los atractores extraños, en los encadenamientos inarticulados.

El mal no es un principio moral, sino de desequilibrio y vértigo, un principio de complejidad y extrañeza, de seducción, de irreductibilidad. (no es un principio de muerte; al contrario, es un principio vital de desenlace)

Toda tentativa de redención de lo maldito, de redención del principio del mal no puede sino instaurar nuevos paraísos artificiales los del consenso, que sí son un auténtico principio de muerte.

Analizar los sistemas contemporáneos en su aspecto catastrófico, en sus fracasos pero también en su excesiva eficacia, que les lleva a perderse en el delirio de su propio funcionamiento, supone hacer resurgir en todas partes el teorema y la ecuación de lo maldito, supone verificar su omnipresente e indestructible poderío simbólico.

La transparencia del mal es una nueva vuelta de tuerca, todavía más provocadora si cabe, a partir de las concepciones de Baudrillard sobre la deriva actual del mundo.

Lo transestético, lo transeconómico, lo transexual, el espejo del terrorismo, la pérdida de alteridad, los virus y los cracks bursátiles... la desaparición del mal soviético... todo un archipiélago de cuestiones que despiertan nuestro asombro a partir de los últimos cambios, se conjuga en un estilo de escritura en el que la seducción, de la que tan frecuentemente ha tratado Baudrillard, es una de sus decisivas armas de seducción y encantamiento.

La ‘realidad virtual’, sin embargo, va más allá. No se trata aquí de imitar, ni de duplicar, ni de simular la realidad. En la ‘realidad virtual’ no hay artificialidad, porque lo artificial copia o imita la realidad, sino un simulacro, donde la representación mediática precede y determina lo real, traza una nueva topografía del entorno percibido como realidad.

Los medios, especialmente la televisión, van creando una red densa que envuelve al individuo a través de nuevas extensiones tecnológicas y de la ocupación progresiva del tiempo social. Los medios van sustituyendo a las instancias de interlocución y propenden a ser las fuentes únicas para la percepción y comprensión de lo que conviene que suceda. El silencio, está expulsado de la televisión.

Los medios producen y producen mensajes, huyen del silencio. El silencio es el cortocircuito del sistema, el vacío, la ruptura del cordón umbilical, de la prótesis o extensiones mecánicas de nuestros sentidos. El silencio se vence con el ruido continuo... Detrás de la orgía de las imágenes, el mundo se oculta, se disfraza.

Si los hombres crean o imaginan máquinas inteligentes, es porque desesperan secretamente de su inteligencia, o porque sucumben bajo el peso de una inteligencia monstruosa e inútil: la exorcizan entonces con máquinas para poder burlarse y reírse de ella. Confiar esta inteligencia a unas máquinas nos libera de cualquier pretensión al saber, de la misma manera que confiar el poder a los políticos nos permite reírnos de cualquier pretensión al poder.

Si los hombres sueñan con máquinas originales y geniales, es porque desesperan de su originalidad, o porque prefieren desasirse de ella y gozarla por máquina interpuesta. Pues lo que ofrecen esas máquinas es el espectáculo del pensamiento, y los hombres, al manipularlas, se entregan al espectáculo del pensamiento más que al mismo pensamiento.

4 comentarios:

_eL mismo que viste y calza... dijo...

¿Quién escribió esto?

_eL mismo que viste y calza... dijo...

Sigo interesado...
¿Quién escribió esto?

_tEo...

Lobo dijo...

Lo escribio Jean Baudrillard

Lobo dijo...

Lo escribio Jean Baudrillard